
No hace mucho tiempo que ciertos hechos que ocurrían en la casa
conocida por “Casa de los espantos” ubicada en la calle de Victoria de
la Ciudad de Durango, fueron el platillo del día en dicha ciudad,
habiéndose ocupado de tales hechos hasta la prensa local. Estas
conmociones populares nada tienen de raro dada la educación que en lo
general han recibido nuestras generaciones. Es muy común aún en nuestra
época que se entretenga a los niños con relatos de fantasmas,
espectros, ruidos y otras cosas por el estilo, y tales conversaciones
lógicamente inculcan en las tiernas almas un espíritu de superstición
que subsiste generalmente con el individuo. Muchos haciendo honor a
teorías opuestas a tales supersticiones, manifiestan su incredulidad
con entusiasmo, mientras subjetivamente creen a pie juntillas los
mágicos relatos de los sucesos sobrenaturales que se cuentan,
comúnmente relacionados con tesoros ocultos.
Se decía y se dice todavía, que la casa de los espantos, a pesar de
ser muy espaciosa y cómoda y tener asignada una renta relativamente
insignificante, no hay quien la ocupe y quienes la han ocupado se han
visto precisados a abandonarla de nuevo, pues que suceden allí cosas
verdaderamente insoportables.
Ya es la visión de una figura nebulosa de color negruzco que cruza
los patiecillos y penetra a las habitaciones helando con su contacto
hasta la medula de los huesos. Ya es un peso enorme y sofocante que cae
sobre las personas cuando están dormidas; ya el aliento terrorífico que
sienten por el oído al transitar por las piezas; a veces los roperos,
escritorios y otros muebles, son levantados hasta dos metros del suelo,
volviendo solos a su lugar habitual; otras ocasiones truenan dichos
muebles como si recibieran una pedrada. Las puertas se abren
repentinamente estando cerradas con cerrojos, aldabas y potentes
trancas.
Algunas veces apagan la vela a quienes con esta se alumbran para ir
de una a otra habitación. Se escuchan ruidos de cadenas de cueros duros
que se arrastran, hablan a las personas por su nombres con acento
cavernoso, como venido de una tumba y algunos han sido golpeados por
manos invisibles; quién ha visto un perro negro, quién un gato, en
algún rinconcillo oscuro y cerrando con broche de oro todas estas raras
supersticiones están los fastasmas: ya es un sacerdote el que pasea por
un corredorcillo haciendo oración; ya un “curro” vestido de negro o
bien una señora pálido de aspecto cadavérico que se aparece dando
muestras de espanto, ora en actitud de pedir socorro, ora amenazando
con sus manos descarnadas arañar el rostro de los inquilinos.
Presumiendo que puede haber allí cuantiosos tesoros, se han hecho
exploraciones en distintos lugares, y se cuenta que en cierta ocasión
un grupo de espiritistas llevó un “medium” con la idea de ver qué
espíritus chocarreros daban allá la broma a los mortales.
Puesto en trance el referido “medium”, se posesionó de su materia
un espíritu que dijo ser Heraclio Bernal, a quien, con derroche de
valor , suplicaron que se materializara y se presentara en escena. Los
investigadores formaron la cadena y se concentraron para ayudar a aquel
espíritu a materializarse. Cuando estaban más abstraídos en aquella
ocupación, uno de los presentes volvió la mirada hacia el patio y vio
una figura nebulosa, de color negruzco y de repugnante aspecto que se
dirigía hacia el círculo. Llamó la atención de sus compañeros acerca de
aquella extraña aparición y todos corrieron espantados incluso el
medium, aunque estaba en trance ( ? ).
Y allí está “La Casa de los Espantos” esperando a un valiente que
haga desaparecer el raro encantamiento que la hace inhabitable.
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