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   Historia Mitos y Leyendas

El puente que hizo el Diablo (leyenda)
Hay hacia el Oriente y a inmediaciones de la ciudad de Durango una hacienda llamada Navacoyán nombre que es corrupción de la palabra “Nahuacóyan”, de la lengua mexicana.


Hay hacia el Oriente y a inmediaciones de la ciudad de Durango una hacienda llamada Navacoyán nombre que es corrupción de la palabra “Nahuacóyan”, de la lengua mexicana.
La raíz de esta palabra es “nahua”, que quiere decir aborigen de pueblo azteca, y la terminación “coyan”, significa lugar, deduciéndose de esto que la citada hacienda fue una ranchería de indios aztecas. Está ubicada a la margen izquierda del Río del Tunal o de Durango, a la falda oriental de una pequeña colina en la que se encuentran algunas pequeñas cavernas, indicios evidentes de que antes había sido aquel un centro de población troglodita.

Cuando ya la dominación española se consolidó relativamente en esta comarca, uno de los Gobernadores que tuvo Nueva Vizcaya comprendió la necesidad de conservar la comunicación entre los poblados agrícolas de uno y otro lado del río cuya corriente, dificultaba el paso con frecuencia y especialmente en la época de las lluvias.

Se dedicó pues a mandar construir un puente en Nahuacoyan (hoy Navacoyán). Buscó Albañiles y se dío principio a la obra; pero los primeros albañiles que dicha obra emprendieron no pudieron construirla y una fuerte avenida arrastró con los materiales.

Entonces procuró el Gobernador un albañil que era considerado como muy competente, haciendo con él un contrato mediante el cual el citado albañil debería entregar la obra concluida en día determinado, en la inteligencia de que, si pasaba aquella fecha, el albañil perdería la mitad del valor de la mano de obra.

El albañil reunió a los mejores trabajadores que conocía y procedió con toda actividad a la obra; pero tres días antes de expirar el plazo hubo una avenida tremenda que arrastró el puente ya casi concluido. El contratista, desesperado, se alejó por la noche del poblado y se sentó en la cima de la colina en un estado de nerviosidad terrible, había perdido el trabajo ejecutado, no se le pagaría un centavo más, y su prestigio como el mejor albañil de la comarca se borraría.

Abstraído en esos pensamientos permaneció allí, y ya muy entrada la noche sintió que un débil viento le bañaba el rostro y casi le arrebataba el sombrero, aquel viento se hacía poco a poco más fuerte, agitaba mezquites, huizaches y chaparros y se arremolinó cerca de él agitando en circulo pasto y hojas secas, y en el centro de cuyo remolino apareció por fin un hombrecillo de unos treinta centímetros de altura que se paró frente a él con gallardía y mirándole fijamente, con unos ojillos inyectados que parecían diminutos reflectores, le dijo:
¿Qué tienes?
- Es por demás contártelo, pues en nada podrás remediar mi pena.
- Pruébalo...En este mundo no hay nada pequeño; la más insignificante pequeñez tiene su grandeza.

Entonces el albañil le contó lo que le pasaba y el hombrecillo le propuso un convenio. El le construiría el puente en una sola noche a cambio de su alma. No se resolvío el albañil desde luego, pues todo le demostraba que aquel espontáneo protector no era sino el mismísimo Satanás; pero como estaba hondamente preocupado y le halagaba la idea de entregar el puente terminado al Gobernador que se presentaría el día fijado, quedó de resolver al hombrecillo la noche siguiente a la misma hora y en el mismo sitio.

El hombrecillo desapareció entre un nuevo remolino y el albañil descendió de la colina con dirección al lugar donde había construido el malogrado puente; allí lo sorprendió el nuevo día paseando de aquí para allá como un enajenado.

La noche siguiente, el albañil fuera de sí, en un estado de nerviosidad terrible, se dirigió a la cumbre del pequeño cerrito. A la misma hora de la noche anterior se le presentó a la cumbre el enanillo. Resuelto a todo el ofreció su alma si en efecto le construiría el puente, cosa que, por otra parte, el albañil dudaba intensamente.

Cerrado el contrato, el diablo arrastró al albañil hacia el río dejándolo sentado a la ribera. Entonces, de manera inesperada se desató una terrible tormenta, y en medio de la compacta oscuridad un estrago se produjo por algunas horas en el río.

Amanecía ya cuando la lluvia se disipó por completo, y al amanecer con gran asombro de toda la gente de los alrededores, el puente estaba terminado, y sobre él, examine, el cuerpo del albañil.
Se procedió a levantar el cadáver para conducirlo a casa de los familiares que se encontraban a la sazón en la hacienda; pero habían andado unos cuantos pasos con dicho cadáver a cuestas, cuando un furioso remolino se los arrebató elevándolo con extraordinaria rapidez y dejado atónitos a quienes lo conducían.

Inmediatamente se reunieron todos los trabajadores para diseminarse por el monte en busca del cadáver del infortunado albañil; pero fueron infructuosas sus pesquisas, porque jamás lograron encontrarlo.

Así fue cómo, según esta leyenda extremadamente vulgar, se construyó el puente que aún existe en Nahuacoyan, la antigua ranchería de aborígenes aztecas.
 
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